Nadie te agradece nunca nada. Es complicado que alguien te diga ‘bien chaval’ y te dé una palmadita en la espalda cuando has hecho algo brillantemente. De hecho, es de ilusos esperarlo. Sin embargo, ¡ay como falles! Se te echan encima como lobos, te muerden, te comen… Así que no me parece mal que cuando alguien está en la cima disfrute y saboree el momento tanto como pueda. Cuando esté abajo ya se encargarán los demás de pisotearle.
Digo esto por Mourinho, que entró en San Siro en medio de una pitada terrorífica (digo pitada por no ser más concreto y hablar de insultos, gestos beligerantes y hasta escupitajos, pasando por el tradicional puntero láser). El luso no entró al trapo, sabía que ése sería su recibimiento en territorio hostil, pero no sí se dio el capricho de mirar hacia la grada y levantar los tres deditos centrales de su mano derecha. El índice por el Scudetto, el corazón por la Coppa y el anular por la Champions. O viceversa, qué más da.
El gesto puede presentarse de muchas maneras. Como una provocación, como un signo altanero, como un intento de acaparar protagonismo. No es nada de eso. Tres dedos levantados, ¿a quién provoca eso? Solo a alguien que viene exaltado de casa. ¿Altanería? Es la pura verdad, ganó tres títulos aunque a los del Milan les pese. ¿Protagonismo? Tiene el que quiere y más. Para mí simplemente es un homenaje que se concede alguien que puede por los méritos acumulados y que es lo suficientemente inteligente como para saber que si el mismo no se da bola, nadie se la va a dar. Ahora bien, cuando pierda… Si yo pudiera, haría lo mismo, pues claro que sí.
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